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  • Misteriosa Isla Gabriela

    Misteriosa Isla Gabriela

    En Panguipulli todavía hay gente que se acuerda de Gabriela.

    No todos, claro. Los más jóvenes ni siquiera saben de quién estoy hablando, y a los viejos, cuando uno les pregunta, les cambia la cara. Algunos se quedan callados. Otros dicen que esas son cuestiones antiguas, cuentos de verano, puras leseras que se inventaron después, cuando ya nadie se acordaba bien de cómo habían sido las cosas.

    Pero hubo una época en que todos sabían quién era.

    La cuestión es que Gabriela desapareció una tarde de enero de 1992.

    Desapareció en una isla.

    Y lo raro no fue que nunca encontraran su cuerpo.

    Lo raro fue que, después de aquello, sus amigos siguieron viéndola durante años.

    Eso es lo que dicen.

    Y yo, la verdad, no sé qué pensar.

    Porque cuando uno escucha una historia así, lo primero que hace es buscarle la vuelta lógica. Que se equivocaron de persona. Que la confundieron con otra. Que el tiempo, ya se sabe, va desordenando los recuerdos. Que los amigos estaban curados, que era verano, que tenían veinte años y que a esa edad uno cree cualquier cuestión.

    Puede ser.

    Pero hay una cosa que no me cuadra.

    Los cinco amigos, por separado, describieron exactamente la misma tarde.

    Y ninguno de ellos volvió a hablar de Gabriela de la misma manera después de aquel verano.

    En esos años Panguipulli era distinto.

    No es que fuera otro lugar, pero había una tranquilidad que hoy cuesta imaginar. El pueblo terminaba más rápido. Después venía el campo, los caminos de ripio, los cercos, los fundos y esa enorme extensión de agua que parecía no tener apuro por llegar a ninguna parte.

    En verano, eso sí, la cosa cambiaba.

    Llegaban familias, cabros jóvenes, gente de Santiago que arrendaba una casa por quince días y después se quejaba de que no había señal para el teléfono. Los de acá los miraban pasar con cierta mezcla de cariño y fastidio.

    Pero en 1992 todavía faltaba para que el lago se llenara de turistas.

    Por esos años, salir en bote era salir de verdad.

    Y fue precisamente eso lo que hicieron Gabriela y sus amigos.

    Eran cinco.

    Gabriela, Rodrigo, Mauricio, Esteban y Carolina.

    No eran amigos de toda la vida. Algunos se conocían del colegio, otros del verano. Se habían juntado por esas cosas que pasan cuando uno tiene veinte años, tiempo libre, poca plata y la sensación de que el verano va a durar para siempre.

    Aquella tarde habían estado tomando cerveza en la playa.

    Hacía calor.

    Un calor de esos que dejan la piel tirante y hacen que el sol rebote sobre el lago hasta doler en los ojos.

    En algún momento alguien propuso ir a la isla.

    Nadie supo después quién había sido.

    —Vamos po.

    —¿En qué?

    —En el bote.

    El bote era inflable.

    Una de esas cuestiones que, vistas ahora, daban un poco de vergüenza.

    Pero entonces parecía suficiente.

    Cargaron las cervezas, se subieron como pudieron y comenzaron a remar.

    El lago estaba tranquilo.

    Demasiado tranquilo, diría después Carolina.

    Aunque eso también podía ser una exageración de la memoria.

    La isla apareció lentamente.

    Era pequeña.

    Desde lejos parecía un pedazo de tierra abandonado en medio del lago. Un lugar que nadie había terminado de ocupar.

    No había casas.

    No había postes.

    No había caminos.

    Ni siquiera había un muelle propiamente tal.

    Sólo unos palos viejos clavados cerca de la orilla, como si alguien hubiera intentado construir algo y después se hubiera arrepentido.

    Amarraron el bote.

    Se bajaron.

    Y por un rato no pasó nada.

    Eso es importante.

    Porque las historias de fantasmas siempre empiezan después.

    Primero está el sol.

    Después las risas.

    Después una cerveza abierta.

    Después alguien diciendo que hay que volver antes de que oscurezca.

    Y sólo mucho más tarde, cuando todo ya ocurrió, uno empieza a preguntarse si aquel silencio significaba algo.

    Los cinco subieron por la ladera.

    Gabriela iba adelante.

    Era la más curiosa de todos.

    Tenía esa clase de personalidad que hace que una persona se acerque a una puerta aunque le hayan dicho que no la abra.

    A mitad de camino se detuvo.

    Los demás siguieron.

    —¿Qué pasa?

    Gabriela no contestó.

    Estaba mirando hacia arriba.

    Había algo entre los árboles.

    O eso creyó.

    Una figura.

    No una persona exactamente.

    Algo que parecía agachado.

    Carolina gritó que se apurara.

    Gabriela, en cambio, siguió mirando.

    Después sonrió.

    —Ya voy.

    Fue la última vez que sus amigos la vieron siendo Gabriela.

    Lo que ocurrió después no quedó claro.

    Los testimonios se contradicen.

    Mauricio decía que se habían sentado todos juntos en la parte alta de la isla.

    Rodrigo aseguraba que Gabriela había vuelto con ellos al bote.

    Carolina decía que eso era imposible.

    Porque Gabriela no estaba.

    La buscaron durante casi una hora.

    Primero riéndose.

    Después gritando.

    Finalmente, asustados.

    Revisaron la orilla.

    Miraron el agua.

    Subieron y bajaron varias veces.

    La llamaron.

    Nada.

    Entonces escucharon una voz.

    —¡Acá!

    Era Gabriela.

    Venía desde el bosque.

    Todos corrieron.

    La encontraron cerca de una quebrada.

    Estaba de pie.

    Tranquila.

    Como si no hubiera pasado nada.

    —¿Dónde estabas?

    Gabriela los miró.

    —Acá.

    —Te estábamos buscando.

    —Ya sé.

    —¿Y por qué no contestabas?

    Gabriela sonrió.

    —Porque estaba hablando.

    —¿Con quién?

    Ella no respondió.

    Mauricio se rio.

    —Ya, vámonos. Esta hueá se puso rara.

    Bajaron.

    Se subieron al bote.

    Y regresaron.

    Eso fue lo que todos recordaron.

    Durante años.

    El problema es que, cuando se intentó reconstruir aquella tarde, apareció un detalle que ninguno de ellos pudo explicar.

    En el bote sólo había cuatro personas.

    La desaparición de Gabriela se descubrió esa misma noche.

    O, mejor dicho, la desaparición de la Gabriela que conocían.

    Los padres fueron avisados.

    La policía llegó.

    Se organizó una búsqueda.

    La isla fue recorrida de punta a punta.

    No encontraron nada.

    Ni ropa.

    Ni huellas.

    Ni el cuerpo.

    Nada.

    Pero los cuatro amigos insistieron en que Gabriela había regresado con ellos.

    Los cuatro.

    Eso fue lo que dijeron.

    Y entonces comenzaron los problemas.

    Porque durante las semanas siguientes, los cuatro afirmaron haber visto a Gabriela.

    Carolina la vio una tarde cerca de la plaza.

    Rodrigo juró que la encontró en una micro.

    Mauricio dijo que había hablado con ella por teléfono.

    Esteban aseguró que Gabriela había ido a su casa.

    Todos describían la misma escena.

    Gabriela estaba normal.

    Gabriela hablaba.

    Gabriela parecía saber que ellos estaban preocupados.

    Pero nunca se acercaba demasiado.

    Nunca permitía que la tocaran.

    Y cuando le preguntaban dónde había estado aquella tarde, respondía siempre lo mismo:

    —En la isla.

    Al principio nadie les creyó.

    Después comenzaron a decir que estaban locos.

    Que habían tomado demasiado.

    Que tenían culpa.

    Que el susto los había dejado mal.

    Y quizás era cierto.

    Porque los cuatro siguieron viendo a Gabriela durante años.

    No todos al mismo tiempo.

    Nunca juntos.

    Siempre por separado.

    Como si cada uno llevara consigo una versión de ella.

    En 1997, Carolina se fue del sur.

    En 2001, Mauricio murió en un accidente.

    Rodrigo se casó.

    Esteban tuvo hijos.

    La vida siguió.

    Como siguen siempre las cosas cuando ocurre algo que nadie sabe explicar.

    Pero Gabriela quedó ahí.

    En las conversaciones.

    En las fotografías.

    En los silencios.

    Hasta que, muchos años después, Esteban decidió volver a la isla.

    No dijo por qué.

    Sólo tomó una embarcación y pidió que lo llevaran.

    El hombre que conducía no quiso acercarse demasiado.

    —¿A esa isla?

    —Sí.

    —¿Para qué?

    Esteban no respondió.

    Cuando llegaron, bajó solo.

    Caminó hacia el interior.

    Y allí encontró algo.

    Una piedra.

    Debajo de ella había una fotografía.

    Era una fotografía vieja.

    De 1992.

    Estaban los cinco.

    Gabriela estaba en el centro.

    Esteban la tomó.

    La miró.

    Y entonces comprendió algo que le hizo caer de rodillas.

    La fotografía había sido tomada en la isla.

    El día de la desaparición.

    Y Gabriela no aparecía.

    No estaba en ninguna parte.

    Los otros cuatro sí.

    Pero Gabriela no.

    Esteban permaneció allí durante un largo rato.

    Hasta que escuchó un ruido.

    Un sonido bajo.

    Profundo.

    Como el ronroneo de un animal enorme.

    Se dio vuelta.

    Gabriela estaba detrás de él.

    Tenía veinte años.

    Exactamente veinte.

    El mismo vestido.

    El mismo pelo.

    La misma cara.

    Como si los treinta años que habían pasado desde aquella tarde no hubieran existido.

    Esteban no pudo hablar.

    Gabriela sonrió.

    —Te demoraste.

    Entonces él comprendió.

    No había desaparecido aquella tarde.

    Nunca había regresado.

    Los cuatro habían vuelto solos.

    Y la isla, por alguna razón, les había permitido llevarse una parte de ella.

    Un recuerdo.

    Una imagen.

    Una presencia.

    Algo que caminaba junto a ellos.

    Algo que los acompañaría durante toda la vida.

    Porque Gabriela no estaba en la fotografía.

    Pero ellos habían jurado verla.

    Durante años.

    Habían hablado con ella.

    La habían esperado.

    La habían recordado.

    Y mientras ellos la recordaran, Gabriela seguiría existiendo.

    No en Panguipulli.

    No en sus casas.

    No en las calles.

    Sino allí.

    En la isla.

    Hay quienes dicen que la isla recibió su nombre por otra mujer.

    Una joven que murió muchos años antes.

    Nadie sabe exactamente cómo.

    Algunos dicen que se ahogó.

    Otros que desapareció.

    Otros dicen que nunca existió.

    Pero hay una historia que los más viejos cuentan cuando ya es de noche y uno ha tomado suficiente como para no reírse de estas cuestiones.

    Dicen que la isla no mata.

    Dicen que la isla elige.

    Y que cada cierto tiempo necesita que alguien se quede.

    Alguien que la recuerde.

    Alguien que le dé un rostro.

    Por eso, cuando uno pregunta por Gabriela, hay gente que todavía baja la voz.

    Porque algunos aseguran haberla visto.

    En la orilla.

    Entre los árboles.

    Caminando cerca del agua.

    Siempre joven.

    Siempre igual.

    Como aquella tarde de enero de 1992.

    Y hay otros que dicen que, algunas noches, cuando el lago está completamente quieto, se puede ver una figura sentada en la isla.

    Una mujer.

    Mirando hacia Panguipulli.

    Esperando.

    Yo nunca he visto a Gabriela.

    Pero una vez, hace años, alguien me contó que estuvo allí.

    Me dijo que no había nada que temer.

    Que la isla era tranquila.

    Que uno podía caminar por ella sin problemas.

    Después se quedó callado.

    Y cuando le pregunté si había visto a la mujer, me miró como si no entendiera.

    —¿Qué mujer?

    —Gabriela.

    El hombre no respondió.

    Sólo miró hacia el lago.

    Y entonces, desde muy lejos, desde algún lugar en medio del agua, se escuchó un sonido.

    Bajo.

    Lento.

    Profundo.

    Como el ronroneo de un animal enorme.

    El hombre se puso de pie.

    —Vámonos —dijo.

    —¿Por qué?

    Me miró.

    Tenía la cara pálida.

    —Porque ya nos vio.

    Y nos fuimos.

    Sin mirar atrás.

    Porque hay lugares que uno visita.

    Y hay lugares que, después de visitarlos, se quedan con uno.

    La isla de Gabriela es uno de esos lugares.

    Y quizás por eso, todavía hoy, cuando alguien pregunta por ella, siempre aparece la misma respuesta:

    Que Gabriela desapareció una tarde de enero.

    Que nunca encontraron su cuerpo.

    Que sus amigos regresaron sin ella.

    Y que, desde entonces, algunos aseguran haberla visto.

    Pero nadie se pone de acuerdo en algo.

    Nadie sabe si Gabriela volvió de la isla.

    O si fue la isla la que, durante todos esos años, aprendió a volver con ellos.

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